El enorme valle en que se sitúa la Ciudad de México es un lugar de exploración que pese a toda la historia que lo ha andado –desde que era la Tenochtitlán fundada sobre una laguna hasta los flamantes edificios modernos– no logra tener un hilo que la anude para amalgamarla en la homogeneidad. Por el contrario, es una ciudad que se resiste constantemente, ya sea de manera pasiva o activa, a instituirse como una sola.

Quizá porque de entre las ciudades latinoamericanas, el desarrollo de ésta se ha visto acompañado de interminables avatares y conjuras religiosas, culturales, políticas y económicas.

Así como la mayoría de los hechos parecen ocurrir de una forma inexplicable, como mágica. Los rostros de las personas no dejan descifrarse y se ven adustos, pero esperanzados y a la expectativa, como quien sueña con un ojo abierto, y por eso se está alerta a la más mínima señal, sobre todo si ésta invita a una fiesta.

Esta ciudad inabarcable posee un enorme tesoro cultural que va desde templos religiosos prehispánicos y museos hasta conciertos al aire libre. También al exterior la ciudad se extiende por grandes avenidas, como el Paseo de la Reforma o la Avenida de los Insurgentes, por espacios naturales, como el Bosque de Chapultepec, que tiene a su manera su vida propia, una infinidad de restaurantes y lugares para visitar de día y de noche. Así como el Centro Histórico es una ciudad distinta dentro de la misma ciudad, cada uno de sus zonas tiene su propia personalidad. Destino imperdible para cualquier viajero, esta urbe gigante y compleja es una capital latinoamericana de la cultura, el arte  y el caos.

Es difícil predecir qué reserva el futuro a la ciudad de México. Podemos, sin embargo, calcular qué pasaría si el sentido de cambio (es decir, las tasas) de las variables bajo estudio se mantiene más o menos constante. Este tipo de proyecciones son comunes en demografía y deben interpretarse como una evaluación burda de lo que podría pasar si las tendencias actuales se mantienen. Para realizar estos cálculos deben estimarse primero los valores de las tasas de cambio de las variables que nos interesan (capítulo IV y Apéndice), para posteriormente proyectar hacia el futuro el comportamiento del sistema. Por supuesto, estas proyecciones serán sólo válidas si las tasas de cambio permanecen más o menos constantes en el futuro. Aunque no existe la certeza de que esto será así en todos los casos, los valores proyectados son, por lo menos, muy buenos indicadores de las consecuencias que se pueden enfrentar si se mantiene determinada política ambiental.

Al ritmo de cambio actual, para el año 2000 (véanse el cuadro 19 y la figura 18), la ciudad de México ocupara 2 700 km². La mayor parte (92%) de esa inmensa área urbana será ocupada por edificios y calles, mientras que sólo 6% de la misma será ocupada por parques y áreas verdes. Cerca de 30 000 000 de personas vivirán en la cuenca de México, con una media de algo menos de 5 m2; de áreas verdes per capita, incluyendo los jardines particulares a los que, por supuesto, no tiene acceso el grueso de la población. En las partes más pobres de la ciudad la situación será considerablemente más grave: los vecinos de condominios verticales y de colonias populares gozarán de menos de 1 m2 de espacios verdes para uso recreacional, como ya es el caso en varias partes de la ciudad (Guevara y Moreno, 1987).

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